Transcripción:
Supongo que todos tenemos en nuestro haber una lista de instituciones educativas que nos dejaron poco o mucha huella, sin importar cuánto tiempo duró aunque nuestro paso por ellas haya sido breve.
En mi caso, mi primera experiencia escolar fue con Mrs. Atherton. En aquellos ayeres, había señoras inglesas de impecable acento británico que habilitaban el salón de juegos de su casa para convertirlo en un kinder angloparlante.
Fui a dar a los amables espacios de Mrs. Atherton para recuperar el inglés perdido. No solo recuperé el inglés sino que se me quedó guardado en mi imaginario infantil la imagen del jardín inglés con su ordenado desorden; un estilo de jardinería que aún practico al día de hoy, donde sea. Balcón, terraza, jardín.
Todo era muy distinto entonces, del Kinder se pasaba directo a primero de primaria. El concepto de maternal, prepri y demás divisiones escolares que se tienen hoy, no existía...así que se terminaba el kinder y cuándo regresabas de vacaciones, ya eras estudiante de Primaria...en mi caso salí del amable salón de Mrs. A para aterrizar de golpe y porrazo en Greengates, hoy una prestigiada institución educativa, pero en aquel entonces era una escuela instalada en una vieja casona de la Roma que manejaba con mano férrea Mr. Whitbourne. Alto, de porte militar y, creo recordar, siempre con un pequeño látigo bajo el brazo. Por algo tenía el apodo de Mr. Whipborne. Que quede claro que jamás lo vi utilizar el látigo, aunque ganas no le han de haber faltado de repartir unos latigazos al aire como entrenador de tigres, y así impresionar a cada parvada de fierecillas primerizas que le llegaba al inicio de cada ciclo escolar que antes era de febrero a noviembre.
Sin embargo, el gran reto de esos días escolares no era el aprender el ABC, sino bajar a tientas los desgastados escalones de madera del sótano cuya única luz venía de las medias ventanas a pie de calle, para entrar a ese lugar brumoso lleno de polvo y cajas cerradas que, pensábamos, deberían estar llenas de tesoros y secretos. Íbamos en busca de pista o señal que nos llevara a un mundo de fantasía donde seguramente estaría algún niño perdido, compañero de Peter Pan, historia que poblaba nuestras mentes infantiles con el deseo de aprender a volar, aunque solo fuera brincando de una caja a otra. Recordando esas aventuras que lideraba bajando al sótano, me queda claro que debo haber sido una niña terrible.
Supongo que en Greengates aprendí a leer y también aprendí la importancia del deporte. Viendo la foto, recuerdo que Greengates tenía un acuerdo con el Club Reforma, en aquel entonces pegadito al Club Mundet, con entrada sobre la señorial Avenida del Castillo, hoy Periférico. Ahí entré en contacto por primera vez con la natación de competencia y el futbol soccer.
Después de haber tomado clases a la sombra del árbol, regresé a México a la Academia Merici, también, en aquel entonces bajo el mando de las monjas Ursulinas, hoy modelo de educación activa. Por primera vez usé uniforme. Un jumper de triste color guinda y una gorrita que asemejaba solideo. El patio era amplio y ahí empecé a hacerme de amigas y a entender la importancia de pertenecer a un grupo. En el mio, todas queríamos ser escritoras.
Pero la verdad es que mi único recuerdo de ese momento escolar fue el haberme enterado de los diferentes pecados y de la existencia del infierno.
Aterrorizada, consulté con mi mamá acerca de mi destino pecador. Bien pragmática, opinó : "A ver ¿tu castigarías a Sultán (uno de mis tantos perros) poniendo su cola en el fuego de la chimenea?" Of course not... pues te aseguro que Dios tampoco haría algo semejante contigo."
Por si las dudas, agarré la costumbre de confesarme cada primer viernes de mes.
Después de compartir mis mini-pecados con el padre y habiendo hecho la penitencia de tres Ave Marías y un Padre Nuestro para liberarme de todo mal, me sentía ligeríta y salía casi bailando de la iglesia.
En esas andaba cuando mi mamá decidió que el francés era un must y me metió a cursos en la Alianza Francesa de Polanco.
Mi principal recuerdo de esos meses en la Alianza, es la imponente presencia de Doña Lola Tovar, la mamá de Lupita Loaeza...que movia mucho las manos clase para hacer lucir su espectacular anillo. Seguramente ahí fue cuando me dí cuenta de la importancia de los anillos e intuí que mover las manos era estrategia pura; aunque mi muy british mamá opinaba que revolotear las manos y casi hablar con ellas, no era ladylike. Pues ladylike o no, la verdad es que manotear, tanto física como mentalmente, me ha sido bien útil en la vida.
Con apenas un semestre en la Alianza, me vi en la oficina de Monsieur Halpern, el director en los 60s. del Liceo Franco Mexicano, con mi mamá convenciéndolo de que mi mascullado francés era suficiente para enfrentar los retos de la educación francesa.
Por alguna extraña razón, M.H. aceptó los argumentos de mi francófona mamá y entré al Liceo; después de 3 meses de entender poco o casi nada...me convertí en francoparlante. ¡Que privilegio! El francés fue el idioma que me abrió el horizonte a la lectura con títulos como L'Etranger de Camus; el ojo al cine de la Nouvelle Vague (A bout de Souffle, Sin Aliento dirigida por Jean-Luc Goddard y estelarizada por Jean Paul Belmondo y Jean Seberg, entre otras) y el oido a las canciones de Jacques Brel. Ne me quitte pas fue y sigue siendo de mis favoritas.
Estuve en el Liceo 7 años... mi estructura intelectual es la formación a la française que recibí de maestros extraordinarios, sobre todo en literatura e historia. M. Duclas, M. Bibard (en la foto), M. Lera, (duro, severo y lleno de sabios consejos como no tomar jugo de naranja en ayunas que aun sigo religiosamente) y M. Xirau quien nos introdujo, cigarro en mano, a los principios de la Filosofía, si con mayúscula; dondequiera que estén, los saludo y les agradezco. En el Liceo la curricula incluía el latín y no era opcional; hasta el dia de hoy lo aprendido me sirve para descifrar palabras y entender conceptos.
Lo terrible de mis dias en Greengates, volvió a surgir y de vez en cuando nos ibamos de pinta al Lago de Chapultepec o mejor aún a Xochimilco, o de plano al Sears que estaba y está, del otro lado de la vía del tren. El gran reto era atravesar la reja de la entrada sin ser vistos por la siempre vigilante Madame Halpern. El rush de adrenalina era increíble. ¡Que sencillo era todo entonces!
En el Liceo conocí a los grandes de la literatura francesa, leyendo las obras de Molière, (Le Malade Imaginaire, que trata la hipocondría ligera y divertidamente), Corneille cuyas obras de teatro aun llevo en la memoria y Racine que me abrió la puerta a las tragedias griegas. Leí Les Miserables y Notre Dame de Paris de Victor Hugo, Madame Bovary de Flaubert, Le Rouge et le Noir de Stendhal por solo mencionar unas cuantas. Me encontré con George Sand, ¡la amé por su forma de vestir y la odié por cómo hizo sufrir a Chopin! Tambien me encontre con los poetas malditos: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. La lista es enorme, la huella, indeleble. Y el hábito de la lectura una bendición en la marea digital en la que se vive hoy.
Hoy cada vez que paso por el edificio del Liceo, (Homero esquina con Plinio en Polanco)...me sigue impactando el rigor del arquitecto de Vladimir Kaspé en ese edificio de 1958... 67 años mas tarde sigue siendo moderno y actual, al igual que la educación que recibí en sus aulas.
Al encuentro de otros mundos
El Liceo tenía la obligación de tener una sección "mexicana" que seguía los programas de la SEP. Por alguna razón ahí estaban varios hijos de "refugiados españoles" y ese fue mi primer encuentro con el pensamiento de izquierda. Conocí la Guerra Civil Española a través de las historias de los refugiados, de los poemas de Federico García Lorca y el bombardeo de Guernica, una pequeña ciudad en el país Vasco, cruelmente atacada por aviones alemanes e italianos, en una especie de preámbulo a la Segunda Guerra Mundial. El cuadro de Picasso que lleva el mismo nombre, es sobrecogedor. Lo vi en el MOMA (Museo de Arte Moderno en Nueva York) años más tarde y lloré como Magdalena. El cuadro me sigue causando zozobra. Y hoy más que nunca.
El Guernica, devuelto a España en 1981, se encuentra en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía en Madrid.
El conocer la República Española, me acercó a un mundo de cuestionamientos muy diferente a los que conocía. Esto me orilló a inscribirme en la Facultad de Economía en la UNAM.
En Economía hubo algunas semanas de clases y luego ¡huelga! Pasé horas y días sentada en el pasto del jardín de la Facultad de Economía, siguiendo las instrucciones de Rolando Cordera, en aquel entonces líder estudiantil, hoy doctor honoris causa por la UAM e investigador del Sistema Nacional de Investigadores.
Con o sin huelga, la UNAM se negó a reconocer mis estudios del Liceo; nuevamente sentí el rigor del síndrome "pinche güerita". Por fortuna casi simultáneamente obtuve una beca para Vassar College, la universidad donde estudiaron Jackie Kennedy y Jane Fonda; así que empaque y agarré camino pa'al Norte.... a Vassar, a New York, a Vogue y a una vida dedicada a la moda.