El maguey de las cincuenta edades


Resumen:

El maguey de las cincuenta edades: La metáfora de una autonomía tlaxcalteca. En el paisaje de Tlaxcala, nada hay más identitario que el maguey. Esa planta de hojas carnosas y espinas protectoras no crece de la noche a la mañana; es un ejercicio de paciencia geológica, un acumulador de sol y de lluvia que espera décadas para entregar su fruto más preciado. Al acercarnos al año 2026, cuando la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx) cumpla medio siglo de existencia, la metáfora del maguey se vuelve indispensable para explicar lo que somos. La UATx no es un árbol trasplantado de otras tierras, sino un maguey nativo que tarda casi un siglo en "hacer corazón", sobreviviendo a climas políticos gélidos y a intentos de ser arrancado antes de tiempo.

Transcripción:

El maguey de las cincuenta edades: La metáfora de una autonomía tlaxcalteca. En el paisaje de Tlaxcala, nada hay más identitario que el maguey. Esa planta de hojas carnosas y espinas protectoras no crece de la noche a la mañana; es un ejercicio de paciencia geológica, un acumulador de sol y de lluvia que espera décadas para entregar su fruto más preciado. Al acercarnos al año 2026, cuando la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx) cumpla medio siglo de existencia, la metáfora del maguey se vuelve indispensable para explicar lo que somos. La UATx no es un árbol trasplantado de otras tierras, sino un maguey nativo que tarda casi un siglo en "hacer corazón", sobreviviendo a climas políticos gélidos y a intentos de ser arrancado antes de tiempo.

Para que un maguey sea fuerte, su raíz debe ser antigua. La prehistoria de nuestra universidad se remonta a 1888, con el Instituto Científico y Literario de Tlaxcala. Al usar la metáfora botánica, aquel Instituto es la "semilla de agua" que no logra prosperar en su momento. Es una raíz efímera que, aunque no da lugar a una universidad inmediata como ocurre en los estados vecinos, deja la tierra preparada. Durante ochenta y ocho años, el subsuelo de Tlaxcala guarda ese nutriente de ciencia laica y humanismo.

En 1976, esa energía contenida rompe la superficie. Pero como sucede en el campo, no todos quieren que esa planta crezca en ese terreno. El gobernador Emilio Sánchez Piedras actúa como un tlachiquero celoso de su territorio, ve en la creación de la Universidad "un problema más", una maleza que podía desbordar el control político del estado. Sin embargo, la naturaleza social de Tlaxcala es distinta: el Instituto de Estudios Superiores del Estado (IESE) ya había madurado lo suficiente y sus pencas buscan el cielo.

En aquel 1976, el campo tlaxcalteca es escenario de una competencia de injertos extranjeros. Tres proyectos se disputan la tierra. El primero es el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo (CEESTEM), una planta exótica traída por el presidente Luis Echeverría que pretende mirar al mundo desde Ixtacuixtla, pero que carece de raíces locales. El segundo es la extensión de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), un injerto de la capital que el gobierno estatal prefiere por considerarlo más dócil y tecnocrático.

Pero el tercer proyecto es el nuestro: la transformación del IESE en Universidad Autónoma. Es el maguey criollo, el que conoce el frío de La Malinche y la escasez del erario. Mientras los otros proyectos representan la visión vertical del poder federal y estatal, la UATx representa la demanda horizontal de la sociedad. Es la resistencia de "Los Gavilanes" y la astucia política de figuras como Antonio Flores Gracia y Ernesto García Sarmiento lo que evita que el maguey local sea asfixiado por las sombras de los proyectos impuestos. En un acto de audacia, saltan la cerca estatal para buscar el sol directo del presupuesto federal, logran que el propio Echeverría dé el visto bueno a la planta tlaxcalteca.

Cuando un maguey decide florecer, lanza hacia el cielo un quiote, una estructura alta, firme y eficiente. Para la UATx, ese quiote es el diseño institucional de Jaime Castrejón Diez. La orden de la SEP es clara: la universidad no puede nacer como una repetición de estructuras obsoletas o "reinos de taifas" académicos.

Castrejón Diez actúa como un arquitecto del paisaje, diseña un modelo de departamentalización. Es una poda necesaria y dolorosa: para que la Universidad tenga fuerza, se desprende del nivel medio superior para formar el Colegio de Bachilleres. Así, la UATx nace con una estructura moderna, interdisciplinaria, donde cada departamento es una rama destinada a optimizar los recursos. No se buscan muros monumentales, sino un modelo pedagógico que sea el sustento de una región históricamente exportadora de mano de obra y talento.

Un maguey sin espinas es vulnerable. En la historia de la UATx, dos espinas protectoras iniciales son el Sindicato de Trabajadores (STUAT) y el Colegio de Directores. Nacen en el fragor de 1977, apenas meses después de la creación. Estos organismos entienden que la autonomía no es un regalo de papel, sino una conquista diaria que con el tiempo olvidan.

Estas asociaciones civiles se convierten en la corteza de la institución, defienden la dignidad laboral y la libertad académica de los vientos políticos que, cíclicamente, intentan doblar la planta. Sin esa organización colectiva, la Universidad habría sido una fachada vacía. El aguamiel de la UATx su conocimiento, sus egresados, su impacto social es el resultado de esa protección interna que permite que la savia corra sin contaminarse por intereses ajenos al saber.

El maguey es una planta que se entrega por completo al llegar a su madurez. Al cumplir 50 años en 2026, la Universidad Autónoma de Tlaxcala se encuentra en su momento de mayor entrega social. Ya no es el "problema" que teme el poder en 1975, sino la solución estructural a la falta de oportunidades en el estado.

La metáfora nos obliga a mirar hacia atrás con gratitud. A los fundadores que supieron leer el tiempo político; a los estudiantes que marcharon cuando la autonomía es un sueño peligroso; y a los académicos que construyen departamentos académicos donde antes solo había salones aislados.

El maguey también nos advierte sobre el ciclo de la vida. Una institución que cumple 50 años no puede sentarse a contemplar su sombra. Debe renovarse, debe seguir produciendo el aguamiel de la crítica y la ciencia para las nuevas generaciones de tlaxcaltecas que hoy caminan por sus pasillos.

Escribo estas líneas con la emoción de quien ha visto crecer la planta desde que era un pequeño hijuelo en el salón de actos del IESE aquel 6 de noviembre de 1975. La UATx es, en esencia, el triunfo de lo auténtico sobre lo impuesto. Es la prueba de que Tlaxcala, cuando se propone cultivar su propio destino, es capaz de crear instituciones que trascienden los sexenios y las modas políticas.

En 2026, brindaremos no con el pulque de la complacencia, sino con el orgullo de pertenecer a una casa de estudios que es, hoy más que nunca, el bastión de la justicia social en nuestra tierra. El Maguey de las Cincuenta Edades está en flor, y sus semillas ya están poblando cada rincón de Tlaxcala, garantizando que el conocimiento siga siendo, como siempre debió ser, un bien público, laico y profundamente autónomo.

Porque construir Universidad, al final del día, es la forma más noble de construir país. Y Tlaxcala, con la UATx, ha demostrado que sabe cultivar el futuro con paciencia.

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