Andar y Ver // Entrañable astronomía


Resumen:

Andar Ver JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ X jshm00.

Transcripción:

Andar Ver JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ X jshm00

Entrañable astronomía

Leer, escuchar, hablar de astronomía le generaba a Julieta Fierro una intensísima emoción. En una entrevista confesaba que, cuando escuchaba a alguien hablar del universo sentía calor por todo el cuerpo. No era una fascinación meramente intelectual sino, bien podría decirse, voluptuosa. Calor en el cuerpo. Date cuenta, decía, que tus ojos, tus músculos, tu piel están formados por protones que llevan 13 mil 800 millones de años viajando por el universo. En tu cuerpo desembocan cataclismos germinaciones de galaxias: estallidos, evaporaciones, explosiones, conge lamientos, derrumbes y colisiones. Después de entrar y salir de las estrellas, después de haber recorrido nebulosas y de haber sido masa de planetas extintos esos protones nadan ahora en nuestra sangre. Los billones de neutrinos que nos atraviesan sin hacernos cosquillas pueden ser la llave para entender el origen del universo. No puede haber nada tan maravilloso, tan desconcertante, tan hermoso como eso. La astronomía no era para ella una fuga que se aparta de nuestro mundo para explorar lo más remoto a través de telescopios O con cálculos que retacan pizarrones. Era todo lo contrario. La sensación del palpitar primordial de sus entrañas.

El poeta John Keats veía en la ciencia una frialdad que plastificaba todos los milagros de la creación.

El mito se convierte en fórmula. Esa era la denuncia que el poeta hacía de Newton. La vanidad del científico estaría dispuesta a pinchar con alfileres las alas de los ángeles para clasificarlas metódicamente. La ciencia somete los misterios a su seco catálogo de reglas y trazos. Los experimentos cromáticos de Newton han "destejido el arcoíris." Richard Dawkins tomó esa línea de Keats para defender las artes de la ciencia.

La ciencia, como demostraba Julieta Fierro en sus libros, en sus conferencias, en sus entrevistas era una fuente de entusiasmos que debía ser compartida. La alegría de la ciencia no podía ser patrimonio exclusivo de los científicos. A contagiar la emoción de comprender dedicó buena parte de su vida. Quien lea hoy cualquiera de sus libros se dará cuenta que la exclamación es signo frecuente de su escritura.

Asombro ante la elegancia de los cuerpos celestes, admiración del ingenio científico, excitación por los enigmas a resolver. El resorte de la ciencia es la curiosidad, el reconocimiento de todo lo que se desconoce. Se podría decir también que el motor de la ciencia es, en realidad, la humildad.

En el estudio de los astros se encuentran los mitos más antiguos, los hallazgos más recientes, las incógnitas que perpetuamente se refrescan. Julieta Fierro podía ir. como lo hizo en su último libro, de los calendarios mesoamericanos a la extinción del Sol; de la telaraña cósmica la energía oscura. En sus charlas podía describir los instrumentos más complejos y utilizar los trastos de su cocina para explicar las elegantes teorías del cosmos. Para explicar lo inconcebiblemente diminuto O lo apabullantemente gigantesco desplegaba un fantástiCO abanico de recursos. Una fuente, un códice, un poema, una anécdota servían para dilucidar lo más enredado.

Si la ciencia es fuente de placer como demostraba Julieta Fierro con tanta naturalidad, su trasmisión necesaria era el juego. La divulgadora sembró incontables vocaciones porque demostró, con disfraces, caracoles chocolates, que la curiosidad científica es, ante todo, libertad gozosa.

Julieta Fierro falleció el 19 de septiembre a los 77 años.