Transcripción:
D DEL SILENCIO
El caso que fue todo un fenómeno mediático, que generó leyendas, inspiró series y dejó una huella indeleble en la sociedad
DE DE A DUE USIII ESEL MASSACHUSETTS INVERTIST GB
VEINTE VUELTAS AL MISMO ABISMO
LA DAMA QUE NADIE ESPERABA
CARLOS ÁLVAREZ
n los archivos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal del año 2005 existía un fantasma con medidas precisas. Los especialistas lo habían delineado con el cuidado de quien diseña un instrumento científico: masculino de entre 35 y 40 años, probablemente homosexual, con antecedentes de abuso en la infancia. Solitario. Carismático cuando era E necesario.
Lo llamaban "el asesino de viejitas", y en su descripción no cabía -no podía caber en absoluto- una mujer de 48 años, exluchadora profesional, madre de tres hijos que se hacía llamar La Dama del Silencio en los encordados.
Feggy Ostrosky, reconocida neuropsicóloga y criminóloga mexicana, había contribuido a ese perfil. Sus palabras, recogidas entonces por los medios, describían a "un joven solitario que actuaba disfrazado de enfermera o mujer, que generaba confianza entre las ancianas, a través de una personalidad carismática y que estrangulaba a sus víctimas haciendo uso de sus fuerzas".
El razonamiento tenía una lógica estadística impecable; no cabía duda, pues los asesinos seriales siempre habían sido predominantemente hombres. En el caso de las mujeres, los estudios señalaban que sus métodos evitaban el contacto físico directo, preferían el veneno, la manipulación; no las manos desnudas contra el cuello frágil de una anciana.
Pero la estadística es, ante todo, un registro de lo ya sucedido. No puede predecir la excepción que la contradiga hasta que la excepción se materializa. De este modo, Juana Barraza Samperio fue esa excepción que hizo trizas los paradigmas.
El perfil equívoco no fue solo un error de diagnóstico, sino un síntoma de ceguera estructural. Durante un tiempo, las investigaciones giraron en torno a una figura masculina. Se buscaba a un hombre que se vestía de mujer, no a una mujer que aprovechaba su género como camuflaje perfecto.
En este sentido, la invisibilidad de Juana como sospechosa fue doble. Primero, por ser mujer en un mapa criminal diseñado para hombres; segundo, por ser pobre, mar ginal, una figura que pasaba desapercibida en el paisaje urbano de la Ciudad de México.
No era un monstruo sobresaliente, sino una sombra más.
Bernardo Bátiz, entonces procurador del Distrito Federal, navegaba en la incertidumbre. Sus declaraciones a la prensa oscilaban entre aceptar y negar que todos los crímenes habían sido obra de una misma persona. "Se notaba cierta incertidumbre", señalan algunos textos periodísticos, "pues cambió de versiones, ya fuera aceptando o negando que las muertes de las ancianas se debieran a la misma persona, y menos que fuera mujer".
La duda no fue gratuita, pues romper con el perfil establecido significaba admitir que las herramientas con las que se contaban eran insuficientes y que el monstruo había encontrado una grieta en el sistema de creencias criminológicas.
Mientras tanto, el busto reconstructivo difundido a los medios era la materialización de esa confusión. Un rostro genérico, una representación que poco tenía que ver con los rasgos duros, la complexión robusta de la luchadora.
Curiosamente, como señala una de las notas más reveladoras del archivo, aquel busto guardaba una inquietante semejanza con el de Matilde Soto, un caso de estrangulamiento que data de 1975. El pasado y el presente se enlazaban en un error, como si la justicia, en su afán por darle un rostro al horror, solo pudiera repetir los mismos gestos equivocados.
JARDÍN BALBUENA, 2005 Todo caso criminal tiene su punto de quiebre, ese instante en que la narrativa controlada por el victimario se fractura por un descuido, un exceso de confianza, un error humano.
Para Juana Barraza, ese instante llegó en la colonia Jardín Balbuena, en 2005, cuando su método infalible encontró una variable imprevista: la víctima no estaba sola.
El modus operandi de La Dama del Silencio era un ritual cuidadosamente ensayado. Se acercaba a mujeres mayores en parques, mercados, afuera de iglesias. Vestía de enfermera o trabajadora social: primero de blanco, luego de rojo "para disimular la sangre, si es que había".
Ofrecía ayuda con pensiones, prometía despensas o tarjetas de apoyo. Ganaba confianza. Identificaba la soledad como su aliada principal.
Una vez dentro del domicilio, cuando la vulnerabilidad de la anciana se hacía total, procedía al estrangulamiento. Luego, el saqueo pausado, casi ceremonial, recorriendo las casas, tomándose su tiempo en el silencio mortuorio; así, se hacía propietaria nueva de los viejos.
Pero en Jardín Balbuena algo falló, Quizás la prisa, quizás una evaluación incorrecta. La víctima mostró a esta enfermera atenta una fotografia de su hijo. Fue un gesto humano, de orgullo maternal, quizás un intento inconsciente de señalar que no estaba completamente desprotegida en el mundo.
Juana tomó la fotografía. Y, al hacerlo, sin pensarlo presionó su yema del índice contra la superficie lustrosa de la imagen.
Esa huella dactilar, ese óvalo de surcos y crestas que nos identifica de manera única desde el vientre materno, se convirtió en su traición biológica. Mientras ella seguía su ciclo de muerte -asesinando a Ana María Reyes Alfaro en la colonia Moctezuma el 25 de enero de 2006 -esa huella latía silenciosa en los archivos del Sistema Automatizado de Identificación Dactilar (AFIS).
La ciencia dactiloscópica, fundada en el siglo XIX por Francis Galton y Juan Vucetich, se basa en un principio inmutable: no existen dos huellas digitales iguales, ni siquiera en gemelos idénticos. Es la paradoja de nuestra individualidad biológica, lo que nos hace únicos es un patrón que no controlamos, que no podemos modificar sin dejar evidencia de la mutilación.
Juana, en su tránsito del pancracio al crimen serial, nunca consideró que sus manos -las mismas que se enroscaban en cuellos frágiles, que sostenían cables asesinos, que habían luchado en cuadriláteros- llevaban consigo un registro imborrable de cada contacto.
Cuando fue capturada -gracias a la intervención del inquilino de Ana María Reyes que llegó en el momento preciso- y sus dedos fueron entintados y presionados contra la cartulina, el sistema AFIS realizó en segundos el trabajo que la intuición criminológica no había podido hacer en años.
La huella de Jardín Balbuena encontró su dueña. La confirmación fue tan fría como científica: los doce puntos característicos coincidían. El fantasma adquiría por fin un cuerpo, un nombre, un historial.
Ese momento representó el triunfo paradójico de la evidencia física sobre el perfil psicológico. Mientras los especialistas debatían sobre traumas infantiles y orientaciones sexuales, la verdad estaba inscrita en la piel, esperando ser leída.
La captura de Juana Barraza no fue el final dramático de una cacería humana basada en la perspicacia investigativa, sino la conclusión lógica de un proceso burocrático-tecnológico, una coincidencia en una base de datos.
Para la justicia era un fantasma con medidas precisas; para la ciudad, una sombra; para sus víctimas, la última cara de confianza que vieron.
Su modus operandi evolucionó: primero disfraz de enfermera blanco, luego rojo "para disimular la sangre".
De cómo un error de Juana Barraza terminó con 759 años de condena para la peor asesina de México
PERFIL CRIMINAL...
NO ROMPIÓ el molde del asesino serial, demostró que el molde nunca había servido para medir el mal que una mujer podía contener.
LA ICEL INTENSA BUSQUEDA EN NAUCALPAN PRENSA La PGJDF solicitars su apudé pare aprehender al asesino serial anciandos y complice BRONCON POR perivdico que to UNIVERSIDAD ORANA INGET BECA ¡VIENE FBI! SOLO RETRATOS HABLADOS Y PROMESAS DE QUE.CAERAN "CHUPOMETRO" Policias detienen laduerza 0 conductozas sin presencia de médicos; los tuvieron que dejan libres ante los MPIs
SUPLEMENTO ESPECIAL A20 A 20 AÑOS 20 AÑOS 25 ENERO DE SU CAPTURA
Era el eslabón que la criminología no había previsto: no el monstruo sobresaliente, sino la normalidad siniestra que pasa desapercibida.