Quiero morir como crítico literario: Christopher Domínguez Michael


Resumen:

Cuando era joven, dice Christopher Domínguez Michael (CDMX, 1962), cometió "el pecado" de escribir una novela. "Jamás escribiría otra. Ya no quiero ser poeta ni novelista, quiero morirme como crítico literario", dice el autor, quien ha hecho del género una pasión vital.

Transcripción:

Cuando era joven, dice Christopher Domínguez Michael (CDMX, 1962), cometió "el pecado" de escribir una novela. "Jamás escribiría otra. Ya no quiero ser poeta ni novelista, quiero morirme como crítico literario", dice el autor, quien ha hecho del género una pasión vital.

En contacto con libros desde que nació, siendo niño quiso ser escritor:

"Después quise ser teórico de la sociedad y finalmente me encontré, como tantos jóvenes, haciendo reseñas en un periódico, el viejo Unomásuno, en los años 80 del siglo pasado. Sin darme cuenta empecé a descubrir que lo que estaba haciendo era crítica literaria y que lo que me gustaba era hacer eso, crítica literaria".

Domínguez estudió dos años Sociología en la UAM Xochimilco, su formación fue marxista, y aunque terminó alejado de ambos territorios, aprendió a ver la literatura:

"No como reflejo de la realidad, sino como parte de un panorama histórico-político".

Desde ahí ha buscado acercarse a lo escrito. Desde ahí también se aproxima a los críticos literarios de los que se ocupa en El crítico sin estatua (Sauvage Atelier, 2025), volumen en el que reúne textos escritos en las últimas dos décadas sobre autores que se han ocupado de otros autores.

El crítico no ignora el descrédito que su actividad acumula. De hecho, el título de su libro alude a la frase con la que el compositor Jean Sibelius desestimó la importancia de la crítica para la creación.

"El crítico es generalmente odiado por una razón muy sencilla: la parte más vulnerable de los seres humanos es la vanidad, la autoestima, y cuando estos se convierten en obra de arte, buena o mala, la crítica penetra dolorosamente. Entonces el crítico es acusado de ser un creador frustrado. No sé si lo seamos, pero nos conviene que piensen eso, nos da una gran libertad".

Con más de cuatro décadas en la crítica, la piel de Domínguez se ha engrosado y asume lo que sus textos pueden producir en un autor sensible:

"No hacerlo es como si un boxeador se quejara de que le pegan. Lo que pasa es que estamos llenos de almas bellas y piadosas que se ofenden por cualquier cosa, pero es lo que hay. Que se ofendan, el 80% de lo que escribo es de cosas que me gustan y me entusiasman, pero la gente solo se acuerda del 20%, de lo que no me gusta".

-¿Dónde están los grandes valores de la crítica literaria mexicana?

El fundador de la crítica mexicana del siglo XX es José Cuesta, maestro de Octavio Paz, que no solo fue un gran poeta y un gran ensayista, sino un gran crítico literario en sus ensayos. Porque digamos que el género mediante el cual se expresa mejor la crítica literaria es el ensayo, la reseña es la unidad mínima, no todas las reseñas son críticas literarias. Si yo le digo a usted, tal película está muy buena, vaya a verla, eso no es una crítica cinematográfica, es una recomendación de un ciudadano a otro.

-¿Hay críticos actualmente en México?

Siempre hay muy pocos, pero sí, claro que los hay. Hay críticos de mi generación, los mayores que están más bien retirados, y hay críticos jóvenes, pocos, porque los críticos nunca son muchos. El caso típico es que un joven que empieza a hacer críticas, en realidad lo que quiere es un escalón para volverse poeta o novelista y la crítica se vuelve algo que hizo para eso, es como en los periódicos, que uno primero lo mandan a las secciones sociales y acaba en política o en cultura.

¿Hay forma de consolidar la crítica latinoamericana, mexicana?

Es una bola de nieve. La literatura siempre está circulando, siempre está creciendo y la crítica tiene que estar a la altura. Hay épocas mejores que otras, pero la crítica no es algo que se aprende en la universidad, aunque desde luego hay buenos críticos académicos. La crítica es lo que ejercen, para decirlo de alguna manera presuntuosa, los buenos lectores que escriben. -¿En qué beneficiaría nuestra literatura una buena crítica?

Toda sociedad, en todos los márgenes de su expresión, requiere de crítica, para su mayor civilización: crítica política, crítica económica, crítica ética, crítica literaria.

-¿Se ocupa de escritores nuevos?

Sí, claro, yo me ocupo de todo, de todo lo que se me antoja, porque a estas alturas tengo libertad de escribir sobre lo que yo quiera. Obviamente si se muere fulanito, o si mi editor me pide que atienda, hago caso, soy una persona que trabaja, tengo que vivir en el mundo real.

Pero el crítico literario tiene dos obligaciones: conservar la tradición, cuidarla, remodelarla, preparar a los jóvenes lectores para que aprecien a Rulfo, o al Nigromante.

Y, desde luego, lo más difícil es atender a los nuevos, con un escritor joven, del que no hay referencias, uno tiene que poner todo su empeño para enjuiciarlo de la manera más justa y con la responsabilidad de que, para decirlo en términos incorrectos, uno lo está iniciando de alguna manera.

MAAZ