Transcripción:
¿No es hora de empezar a pensar en reinstitucionalizar y relegitimar al país, a sus poderes y organismos, a sus medios y ciudadanos?
Por si acaso
No es predicción. No es deseo. Es Pregunta Preventiva.
¿Qué hacemos si la presidenta pierde el control del país antes de fin de sexenio? Esto solía ocurrir tradicionalmente con regímenes priistas. Pero mucha gente joven, o de edad media, no se acuerda de lo traumático que era para el país cuando dependía del control y ego de un solo tlatoani iluminado. Y de qué ocurrió cuando las alucinaciones de estos individuos enfrentaron la cruda realidad al final de su periodo: Díaz Ordaz con su 1968/1970, Echeverría con su macrodevaluación, López Portillo con su nacionalización bancaria, Salinas con el errorcito de diciembre. Cada uno de estos fue, durante años, un dios incuestionable. Nadie más guapo, nadie más listo, nadie más sabio.
Hasta que no.
Ahora AMLO/presidenta han reconstituido y redoblado el viejo régimen priista-autoritario-personalizado.
El viejo PRI buscaba pactar y cooptar instituciones y centros de poder. El nuevo PRI-Morena aplana y desaparece todo centro de poder que no ostente un quepí. Todo el poder, decisiones, pronunciamientos y reflectores sobre la tlatoani solitaria. Acabó de deshacer las cortes.
Desfondó los organismos gubernamentales descentralizados. Dobló las cámaras de la IP. Compró casi todo opositor envolviéndolos en Morena-PRI. Deshizo a los partidos políticos.
Ahí va. Acumulando, aún más que los presidentes priistas, inmenso poder no institucional. Deshizo la judicatura como poder independiente, tomó control, con artimañas, de la Constitución.
Acabó con el prestigio y poder del INE.
Desapareció policías. Aún le quedan obstáculos por desmembrar, especialmente el poder castrense involucrado en labores civiles, el narco y una familia que sigue sintiéndose dueña del país.
Pero un régimen unipersonal es muy vulnerable. Mientras no se caiga la tlatoani, mientras no se equivoque, de fondo, no hay tanto lío. Pero gobierna un país donde no sobrevive un partido independiente con poder, ni existen instituciones creíbles. No hay temor ni creencia en la posibilidad de una policía, de un fiscal o de una corte eficaz e independiente. No hay oposición con dientes. Por eso muchos prefieren dirimir conflictos a mordidas o a balazos.
El lío no solo es mayor corrupción y autoritarismo interno. Cuando un vecino "ligeramente" rabioso y errático lanza fulminantes acusaciones, no existen ni autoridades creíbles dentro de la judicatura, ni organismos gubernamentales independientes, ni ONGs, ni universitarios/intelectuales, ni medios independientes con el poder, prestigio y credibilidad para decir "investigamos y no es cierto". Todos somos vulnerables a cualquier acusación, incluso la tlatoani, porque nadie queda con el poder ni la fuerza para refutar una tremenda acusación. Sea esta mentira o verdad.
¿Qué pasa cuando intenta gobernar una persona que puede ser revocada por su antecesor, por su vecino, por un grupo muy armado? Una crisis económica mayor, un enfrentamiento de fondo con EE. UU., una batalla frontal con AMLO donde no gane de manera contundente, una fragmentación de Morena sin constituir alternativa, un enfrentamiento con el Ejército o los narcos donde no gane clarito... Cualquier cosa que desnude y muestre vulnerabilidad de fondo en la única cabeza que cuenta es un lío mayor. La concentración de poder en una sola persona significa que basta doblar a una sola persona, no a 130 millones con poder y agencia independiente. Si doblan, desacreditan o vulneran a una sola persona, es como si desenmascararan al Mago de Oz; no queda nada detrás.
Si, por cualquier motivo, la susodicha perdiera legitimidad y poder, no quedaría mucho con qué gobernar. Ni quedaría claro quién estaría a cargo. Esto sería especialmente delicado a medio sexenio, sin claro sucesor o transición electoral en puerta. Imaginémonos el tipo de burla, desprecio y desdén que se dio con el colapso de las políticas personalizadas al final de muchos sexenios priistas. Si esto ocurriera antes de las elecciones de medio término, ¿veríamos una guerra civil en términos políticos por la falta de instituciones? O si, Dios nos agarre confesados, hubiera un lío mayor de salud, ¿quién, o qué, tendría la fuerza y la legitimidad institucional para evitar una fiesta de caníbales en búsqueda del poder? Por si acaso... ¿No será hora de empezar a pensar en reinstitucionalizar y relegitimar al país, a sus poderes y organismos, a sus medios y ciudadanos?
JUAN ENRÍQUEZ CABOT