Resumen:
Lo que empieza como una causa justa puede transformarse. El populismo promete justicia, pero si no acepta límites, termina traicionándola.
Transcripción:
Lo que empieza como una causa justa puede transformarse. El populismo promete justicia, pero si no acepta límites, termina traicionándola.
Democracia de Robin Hood
La presidenta Sheinbaum dice que México es el país más democrático del mundo. "Somos el único país que elige a todos sus jueces por voto popular". En un documental publicado la semana pasada con motivo del primer año de gobierno, Sheinbaum enfatiza que su propósito es alentar la dignidad del pueblo y, una y otra vez, reitera que el pueblo siempre decide.
Los críticos acusan que el gobierno derriba, uno tras otro, los controles al ejercicio del poder: México camina hacia un sistema autoritario o hacia una autocracia (otros lo llaman autoritarismo competitivo; es decir, hay elecciones, pero el gobierno siempre las gana).
Con la distribución actual del poder político, no hay contrapeso al ejercicio del poder: por supuesto, los mercados, el crimen organizado o empresas con gran peso económico son y serán siempre un factor que pesa, pero no son un contrapeso institucional al poder del gobierno.
Una justificación de los gobiernos populistas para concentrar poder se basa en el ánimo justiciero de Robin Hood: les quitamos a los ricos o privilegiados para dárselo al pueblo. Así se justificó la reforma judicial: terminar la corrupción de los jueces para poner la justicia al servicio del pueblo. Así se justificó parcialmente la reforma de la Ley de Amparo: quitar trabas al gobierno para cobrar impuestos a empresarios abusivos. Así se podrá justificar la reforma electoral: quitarles dinero a los partidos para dar más becas.
Los liderazgos populistas suelen afirmar que las instituciones tradicionales de la democracia —los tribunales, la prensa o los parlamentos— impiden la verdadera justicia. Si ellos son los intérpretes de la voluntad popular, construyen una justificación moral para concentrar el poder. Quienes los cuestionan son presentados como enemigos del pueblo y los límites democráticos se debilitan bajo el pretexto de proteger los intereses de la mayoría.
Los "padres fundadores" de la democracia americana entendían desde fines del siglo XVIII que la naturaleza humana se excede y por eso diseñaron controles al poder: "Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno... [pero] hay que obligarlo a controlarse a sí mismo". "Los estadistas ilustrados no siempre estarán al mando". La idea es clara: no basta con invocar al pueblo; se requieren límites. Muchos confían en la "prudencia" de la presidenta, pero, aunque así fuera, nadie sabe quién llegará a Palacio Nacional en 2030 o 2036.
El abuso del poder llega, inevitablemente, cuando no hay límites a su ejercicio. No es un asunto de buenos modales. La historia mundial es pródiga en ejemplos. Ya pasó en México. La hegemonía del PRI durante buena parte del siglo XX permitió que los presidentes sometieran a los otros poderes (y a los empresarios, las Fuerzas Armadas y a los medios) para gobernar sin controles. El desenlace fue abuso, represión y crisis económica.
López Obrador revirtió la concepción de la democracia como control del poder. Se asumió como defensor del pueblo y concentró poder para transformar una realidad llena de injusticias. Si él defendía al pueblo de los malos conservadores, ¿dónde queda la acusación de que buscaba concentrar el poder? Si la democracia es gobierno del pueblo y para el pueblo, y ella está entregada a él, ¿dónde queda la acusación de que su gobierno es autoritario? Pero la vara para medir la calidad de una democracia no solo es su devoción retórica al pueblo, sino, además, su disposición a ser acotado por la ley, por los tribunales y por los verdaderos representantes del pueblo: los legisladores.
¡Qué bueno que el gobierno se centre en mejorar la vida de los más vulnerables, pero que a la vez se someta al escrutinio de los otros poderes! En la leyenda, la rebelión de Robin Hood termina, temporalmente, cuando restablece la justicia con la ayuda del rey. En la política real, los líderes populistas rara vez renuncian al poder que acumulan. Lo que empieza como una causa justa puede transformarse en un régimen personalista. Así, la historia de Robin Hood muestra cómo una narrativa de justicia puede usarse para legitimar conductas autoritarias: el poder se concentra "por el bien del pueblo", pero termina sirviendo al líder.
El populismo promete justicia, pero si no acepta límites, termina traicionándola.
LUIS CARLOS UGALDE