Andar y Ver // Postales del duende


Resumen:

Andary Ver JESUS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ jshm00.

Transcripción:

Andary Ver JESUS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ jshm00

Postales del duende

Hay múltiples testimonios de lo que significaba posar para Lucien Freud. Al parecer. el gran retratista inglés sometía sus modelos a torturas insoportables mientras los petrificaba tumbados en una cama, sentados en una silla frente un balcón Quienes vivieron esa experiencia la describen como una vivencia aterradora. Era amable con las palabras, pero su mirada era un taladro. David Hockney, quien posó durante más de 100 horas para un retrato pequeñito que le hizo cuenta que esas horas frente al pintor eran físicamente dolorosas. Aunque era imposible ver su pincel sobre la tela, uno se daba cuenta en qué parte de la cara estaba trabajando porque se sentía el cincel de su mirada perforándote el cachete.

No podría haber atmósfera más distinta la que se respira en los retratos de Rogelio Cuéllar. El fotógrafo cumple 75 años y lo ha celebrado con la publicación de una serie de sus retratos de escritores y pintores. El concepto, la coordinación y el diseño son de María Luisa Passarge. Se trata de una caja que contiene 25 retratos impecablemente impreSOS, entre los cuales están Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Antoni Tapies, Francisco Toledo. Leonora Carrington y Esther Seligson. Al reverSO de los retratos, una pista del encuentro entre el fotógrafo y el artista. Digo que en estas fotos se respi ra una atmósfera radicalmente opuesta a la que habrá imperado en el estudio de Freud porque en todas las fotografías de Cuéllar se percibe el juego que produce confianza. La fotografia que tanto indignó a María Kodama es una de ellas. Hablo. por supuesto, de la legendaria fotografía de Borges haciendo pipi en San Ildefonso. En su visita a México, el fotógrafo lo siguió de un lado otro y terminó construyendo una relación afectiva. Borges bautizó su guía como "el duende." Un día, cuando lo acompaña a San Ildefonso una charla pública, el poeta le dice a su lazarillo. "Duende, quiero hacer pis." Cuéllar lo acompaña ahí, frente una larga hilera de mingitorios, mientras el argentino hacía lo suyo, Rogelio Cuéllar se debatía entre sacar o no sacar la foto. Finalmente lo hace, de ese atrevimiento sale el aviso del clic. Borges no se indigna al escuchar el chasquido de la máquina, no se molesta. Ríe dice "el duende ya está haciendo travesuras." En las fotografías de Cuéllar se percibe esa cercanía traviesa, esa familiaridad juguetona que, en ocasiones fue fiesta de décadas.

Hay fotografías que se tardaron años en cocinarse y retratos que registran una casualidad feliz. Gracias a lo que cuenta Cuéllar, descubrimos la historia detrás de la fotografia que tomó de José Emilio Pacheco entre la selva de su biblioteca. No quería ser retratado ahí, pero accedió cuando convenció al fotógrafo que lo ayudara a mover una pila de libros. La gabardina con la que sale en la foto fue la condición que impuso el escritor. La estrenó justamente ese día. La imagen del ácido Cioran es extraordinaria. El pelo precioso y despeinado y la mirada fija en un libro que empieza a leer. La mano derecha tocal sus labios mientras sujeta una pluma. Tamayo es retratado de espaldas, dando los últimos toques un óleo.

Juan Rulfo se asoma tras una puerta mirando fijamente la cámara. Casi no cruza palabra La fotografía de Enriqueta Ochoa es una maravilla. Ya casi anocheciendo, ella está sentada en una banca de parque. Detrás de ella, como si flotara, un farol encendido. Un bellísimo Magritte.

Los retratos de Rogelio Cuéllar no levantan estatuas dramáticas, como los admirables retratos del poder que hizo Yousuf Karsh.

Tampoco son resultado de una gran producción escenográfica como las de Annie Leibovitz, quien podría sumergir a cualquiera en una tina de chocolate para producir la imagen perfecta.

Su labor tampoco se parece a la de Steve Pyke quien ha fotografiado filósofos durante años, eligiendo retratar solo su cara. Bajo los hombros, nada. En los retratos de Cuéllar hay cuerpo el cuerpo dice tanto como los ojos. Sus retratos pintan al creador su mundo: pinceles, libros, macetas, máquinas de escribir. Son, ante todo, testimonio de confianza, respeto, cariño. La cámara no solo ve: es vista. "Si no hay mirada, no hay retrato", le dijo hace algunos años a Elena Poniatowska En el archivo de Cuéllar se esconde un extraordinario patrimonio que merecería el mayor de los cuidados.

Su colección de poetas, historiadores, escultores, novelistas, periodistas, dramaturgos, filósofos y pintores debe ser considerada como una de las fuentes más valiosas de la cultura mexicana de las últimas décadas.

No es un abultado archivero impersonal. Es la galería más extensa y más íntima de la creatividad mexicana.

Rogelio