Transcripción:
DR. SAÚL ARELLANO
ARTICULO INVITADO
Educación: entre la demagogia y el silencio de lo esencial
En una de sus reflexiones más penetrantes, Bertrand Russell advertía que los sistemas educativos fracasan no por falta de discursos, sino por ausencia de claridad sobre sus fines. Isaiah Berlin, por su parte, nos recordaba que las sociedades se extravían cuando confunden la pluralidad de valores con la imposición de una sola visión del mundo. Ambas advertencias resuenan hoy con inquietante actualidad en el caso mexicano.
Los datos recientes muestran un deterioro persistente: caída en la cobertura de la educación básica, mantenimiento del rezago educativo y, quizá más grave aún, la pérdida significativa de aprendizajes tras la pandemia. A ello se suma una dimensión menos cuantificable pero profundamente estructural: la fractura de los procesos de socialización. La escuela dejó de ser, para millones de niñas y niños, ese espacio de encuentro con el otro, de reconocimiento recíproco, de construcción de identidad. La individuación -en el sentido más filosófico del término- se vio interrumpida por una experiencia educativa fragmentada, mediada por pantallas y marcada por la desigualdad.
En este contexto, el reciente episodio protagonizado por Marx Arriaga resulta particularmente revelador. Su destitución como responsable de materiales educativos, seguida de su negativa a abandonar el cargo y su "atrincheramiento" en oficinas públicas, derivó en un espectáculo mediático que debilita la credibilidad institucional.
Más allá de las posiciones en pugna, lo verdaderamente inquietante es el desplazamiento del debate: mientras la atención pública se concentra en el "papelón" político-administrativo, permanecen intactos los problemas estructurales del sistema educativo.
Escuelas sin infraestructura básica -agua, electricidad, conectividad-; docentes sin formación continua pertinente; currículos que no logran articular saberes científicos, humanísticos y tecnológicos con las realidades locales; y una reforma educativa que, en su dimensión sustantiva, sigue siendo una promesa pospuesta.
Russell insistía en que la educación debía formar mentes libres, no instrumentos de propaganda. Sin embargo, el debate contemporáneo parece atrapado en una lógica binaria: o bien se defiende un proyecto ideológico cerrado, o bien se le combate desde otra trinchera igualmente reduccionista.
Lo que está en juego no es menor. Cuando el sistema educativo pierde su capacidad de garantizar aprendizajes significativos, también pierde su función como mecanismo de integración social. Y cuando la escuela deja de ser un espacio de mediación simbólica, el vacío es ocupado por otras formas de socialización, no necesariamente deseables.
El episodio de Marx Arriaga es, en este sentido, un síntoma de un sistema que ha desplazado el centro de gravedad desde la pedagogía hacia la disputa política, desde la formación integral hacia la demagogia. Mientras tanto, las aulas siguen esperando una transformación que no llegue en forma de escándalo, sino de política pública rigurosa, sostenida y profundamente humana.
La pregunta, entonces es si seremos capaces como país de recuperar lo esencial: una educación que cultive la inteligencia crítica, y que reconozca la pluralidad irreductible de la experiencia humana, para con ello, cumplir estrictamente lo que establece nuestro texto constitucional: garantizar una educación que promueva permanentemente la superación material y espiritual del pueblo mexicano. Nada menos que eso.
Investigador de Tiempo completo del PUED / UNAM, @saularellano