Andar y Ver // Un río de un vaso de agua


Resumen:

Andar y Ver JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ jshm00.

Transcripción:

Andar y Ver
JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ
@jshm00

Un río de un vaso de agua

La última vez que Gonzalo Celorio vio a Augusto Monterroso, lo encontró tan sonriente y cálido como siempre. Ya después de la comida, el gran cuentista le pidió a Celorio que le recordara la fábula del académico y el pescadero que le había contado años atrás. La anécdota la cuenta en Mentideros de la memoria, el caleidoscopio de recuerdos que Celorio, hoy galardonado con el Premio Cervantes, publicó en 2022. Un gramático pasaba frente a una tienda con un enorme letrero: "AQUÍ SE VENDE PESCADO FRESCO." A ojos del profesor, la palabra "aquí" salía sobrando. Era obvio que el pescado se vendía ahí mismo. El comerciante se convenció de la razón que le daba el académico y cortó el letrero. A la semana siguiente, el letrero se aligeraba: "SE VENDE PESCADO FRESCO." El académico, sin embargo, seguía incómodo con el rótulo. ¿En qué pescadería se anuncia pescado podrido?, le preguntó al pescadero. La palabra "fresco" era innecesaria. Así el letrero volvió a comprimirse para quedar solamente con tres palabras: "SE VENDE PESCADO." La siguiente ocasión en que el académico pasó por la pescadería, volvió a señalar la demasía: ¿conoce usted algún comercio que regale sus productos? El letrero no necesitaba más que una palabra: "PESCADO." Ni con esa simple palabra de tres sílabas el gramático quedó satisfecho. Al regresar a la pescadería, le dijo al vendedor: "Aquí huele a pescado." Quite usted el letrero. No es necesario. Será que el silencio es la última aspiración del lenguaje.

Celorio no se ha esmerado en la miniatura, como lo hizo el autor del famoso cuento del dinosaurio, pero sí ha ejercido la literatura como arte de la precisión. Lo mismo en sus novelas que en sus ensayos, en sus crónicas y sus apuntes de crítica, el escritor convoca la palabra exacta, esa que aparece con frecuencia entre atajos y rodeos. Encuentro en su ensayo sobre la Catedral de México una clave de toda su obra. El título mismo es anticipo de su literatura memoriosa: "Tiempo cautivo." El templo, como la escritura, se convierte en un recinto de tiempo, un lugar que retiene siglos. Cuando atraviesa los espacios profanos, el tiempo deja la huella de la destrucción, pero en los espacios sagrados el tiempo guarda toda la energía de su paso. Como la iglesia levantada sobre las ruinas del templo de Tláloc y Huitzilopochtli, la obra de Celorio "no pierde el tiempo". El trabajo literario aloja el recuerdo en un recipiente que lo mantiene, por la felicidad de su expresión, permanentemente fresco. La ciudad, la familia, las lecturas, la casa, las oficinas, el escritorio encuentran en sus caleidoscopios la estampa y el relato que los hace "inmunes al exterminio de su propio paso". La imagen del caleidoscopio es la que él mismo sugiere al recordar un par de líneas de Borges: "somos ese quimérico museo de formas inconstantes / ese montón de espejos rotos."

El gran reto de la escritura, ha dicho Celorio, es "hacer un río de un vaso de agua." Lo que el escritor observa simultáneamente al abrir los ojos, ha de discurrir por la página como presentándole al lector las cosas sucesivamente. Primero la forma, después el color, luego el movimiento, finalmente el impacto emocional de todo ello. No me gusta escribir, confesó Celorio en algún ensayo. Es un esfuerzo enorme que no sirve para nada. Pero hay momentos que compensan el fastidio de la escritura. De pronto, la palabra que se buscaba durante horas, durante días o durante años se aparece para instalarse en el centro de una frase. "No hay placer más grande que ver iluminada en la palabra la oscuridad caótica de la que procedía." Por eso decía bien al concluir su discurso en Alcalá de Henares, que cuando se le preguntaba por su palabra favorita en el idioma español, él respondía que la palabra que más le gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra.