Transcripción:
4T: entre la seriedad y la caricatura
Sin prejuzgar su responsabilidad, es obvio que Adán Augusto López no puede seguir siendo el coordinador de Morena en el Senado porque ha perdido la legitimidad entre los suyos y, por supuesto, en la oposición.
Hay tres aspectos en los que, sin duda, la administración Sheinbaum ha estado haciendo bien las cosas: la seguridad, el tema energético, aceptando abrir, aunque sea muy parcialmente, el sector a la inversión privada y en la negociación del tema arancelario con Donald Trump. Tres temas, además, interrelacionados y con vertientes concomitantes.
En seguridad se avanza en la dirección correcta. Nadie hubiera podido pensar que en unos meses se podría solucionar una crisis que se construyó durante años y que en los últimos seis alcanzó niveles inmanejables. Por lo menos se están dando golpes importantes y se está construyendo el andamiaje institucional para poder seguir avanzando: no será una tarea sexenal, sino de largo plazo.
En el tema arancelario, el mérito es haber mantenido, aunque sea en forma limitada, los acuerdos del Tratado y poder llegar con ese estatus a la renegociación del año próximo. En lo energético, pese a las resistencias ideológicas de una buena parte de la 4T, que les impide reconocer que el modelo que estableció López Obrador fue un fracaso en todos los ámbitos energéticos y que el país hoy no tiene la capacidad de generar la energía que requiere sin el concurso privado y sin utilizar técnicas prohibidas el sexenio pasado, como el fracking.
Pero esos avances, realizados con seriedad por un puñado de funcionarios, se topan con una suma de insensateces que rayan en lo ridículo y que serían cómicas si no fueran trágicas. Lo más grave es la negativa a avanzar en el desmantelamiento de las redes de protección del crimen organizado en sus distintas variantes: es incomprensible que se siga deteniendo a operadores, por ejemplo de La Barredora, pero que no se desmantele la red de operación que participaba junto y por encima del exsecretario de Seguridad, Hernán Bermúdez. Sin prejuzgar su responsabilidad, es obvio que Adán Augusto López no puede seguir siendo el coordinador de Morena en el Senado porque ha perdido la legitimidad entre los suyos y, por supuesto, en la oposición.
La carta de Andy López Beltrán no tiene desperdicio. El hijo del expresidente habrá heredado el nombre, pero no las cualidades políticas de su padre. Su carta, parafraseando a Fernández Norona, no sólo es malísima, lo exhibe como petulante y alejado años luz de la realidad. Si él cree que como secretario de Organización de Morena tiene "extenuantes jornadas de trabajo", que se vaya a laborar (algo que nunca ha hecho fuera de espacios partidarios y de gobierno) a una fábrica, que permanezca quince días en la sierra como hacen nuestros soldados, a trabajar bajo el sol en la construcción. Si él cree que vivir en la justa medianía es irse de turista por un par de semanas a Japón, que se lo explique a quienes añoran pasar un fin de semana en Acapulco. Por cierto, si dice que viajó, como muchos otros, con sus ingresos, sería importante que los exhiba, porque en Morena, donde llegó hace menos de un año, se supone que sus ingresos son de 80 mil pesos menos impuestos. Y antes no tenía cargo alguno ni en el partido ni en el gobierno.
Lo de Pablo Gómez en la comisión de la reforma política es tan lamentable como el papel que jugó en la UIF. Dijo, en entrevista con Excélsior, que con la nueva reforma "enterrarán las reglas electorales del PRI"; en realidad, habla de las reglas electorales que le impusieron las oposiciones políticas al PRI para construir un sistema electoral democrático y para que se beneficiaran personajes como Pablo Gómez, que fue cinco o seis veces legislador por representación proporcional, la misma norma que ahora quiere eliminar.
Gómez dice ahora que eliminará esas posiciones, entre muchas otras reformas que nos harán retroceder 30 o 40 años en nuestra estructura democrática, porque crearon "burocracias partidistas y asalariados lambiscones en los partidos". Vaya paradoja, Pablo Gómez, un hombre de 80 años, nunca ha trabajado; siempre ha sido, desde 1978, en que fue elegido miembro del buró político del PCM, un "burócrata partidista y un asalariado lambiscón", oscilante en sus principios, además, que en su momento, 1987-88, se opuso a Cuauhtémoc Cárdenas, para luego ingresar al PRD. Pidió en el año 2000 que no le dieran el registro en la Ciudad de México a López Obrador porque no cumplía con los requisitos para ser candidato (Pablo quería esa candidatura); durante el gobierno de Peña fue uno de los redactores e impulsores del Plan México con el PAN y el PRI, para, meses después, irse a Morena. Él y casi toda su familia siempre han trabajado en el gobierno o el partido.
Otro caso insólito es el de Lorenzo Córdova, infamado en los libros de texto gratuito por un comentario grabado ilegalmente de una plática telefónica privada y puesto como ejemplo del "racismo" en la sociedad mexicana. Ayer, en su última sesión, de un Poder Judicial independiente, la segunda sala de la SCJN aceptó su amparo y ordenó quitar esos párrafos de los libros de texto.
Si por frases desafortunadas, y además grabadas y divulgadas de forma ilegal, se va a poner a quien sea en los textos de libros gratuitos, podrían comenzar en los capítulos de salud explicando que es una irresponsabilidad y un riesgo a la salud pública que un presidente sostenga, como dijo el expresidente López Obrador en su momento, que el COVID se podía curar con caldo de pollo y con una estampita, con un detente.
Lo de Pablo Gómez en la comisión de la reforma política es tan lamentable como el papel que jugó en la UIF.
Jorge Fernández Menéndez