UNAM: violencia y amago a su autonomía


Resumen:

UNAM: violencia y amago a su autonomía

Transcripción:

UNAM: violencia y amago a su autonomía

Hace menos de un mes, un hecho terrible cimbró a la comunidad de la UNAM y a quienes la amamos: un estudiante del CCH Sur ingresó armado al plantel, asesinó a un compañero e hirió a un trabajador.

Aunque el asesinato fue un acto individual, forma parte de un contexto de violencia que quiere ser aprovechado por grupos con intereses externos para generar desestabilización. No sería la primera vez que intentan influir en la vida universitaria.

Recordemos que hace unos meses, con motivo de la marcha contra la gentrificación, un grupo de manifestantes destrozó el Centro Cultural Universitario y una biblioteca. Hace unos días, durante la marcha del 2 de octubre, otras instalaciones fueron blanco de bombas molotov. Los mensajes son claros: desestabilizar.

Desde el día del asesinato, en nuestra querida Universidad se ha reportado una ola de amenazas virtuales, mensajes anónimos, alertas de bomba y cartas intimidatorias que circulan por redes.

Algunas facultades incluso han sido desalojadas de manera preventiva. Todo ello ha sembrado incertidumbre en los planteles y un clima de temor entre estudiantes, docentes y trabajadores.

Este escenario obliga a generarnos diversas preguntas: ¿qué están haciendo las autoridades para atender este clima de violencia? En el ámbito de la seguridad, la Fiscalía de la Ciudad de México informó el martes pasado que existen 19 investigaciones en curso sobre las amenazas de bomba. Ojalá no se queden en el aire y permitan entender si hay detrás una estrategia articulada o simples actos aislados. Pese a ello, los responsables -organizados o no- han logrado su objetivo: debilitar la vida cotidiana universitaria al sembrar miedo dentro de los planteles.

Por su parte, el rector de la UNAM ha informado que se implementará un regreso ordenado a clases presenciales, condicionado a que se garanticen las condiciones de seguridad necesarias. Se reforzará la vigilancia, los patrullajes, la iluminación y la instalación de botones de pánico. Además, se ha reconocido la importancia de atender la salud emocional de la comunidad, un punto esencial en este contexto de angustia y desconfianza.

No debe quedarnos duda de que los actos señalados han fracturado el espacio universitario como ámbito seguro para estudiar, enseñar y construir comunidad. Y vuelven a evidenciar, como ha ocurrido en años anteriores, la intentona de ciertos grupos por aprovechar momentos de crisis para ganar control. Políticamente, la Universidad Nacional sigue defendiendo su autonomía a ultranza, y eso -sin duda- resulta incómodo para muchos.

Seamos claros: detrás de ese contexto de violencia se asoma un intento por erosionar el único espacio público donde aún se piensa con libertad. Cualquier hecho negativo dentro de la Universidad, incluso aquellos de carácter individual, tiene el potencial de proyectarse como una crisis institucional.

Por ello, hoy más que nunca debemos poner atención a lo que ocurre en nuestra máxima casa de estudios. Defenderla no sólo es un acto de lealtad académica, sino un compromiso con el país. Hay que hacerlo de manera seria, informada y con compromiso. ¿A quién le interesa ver a la Universidad desestabilizada? Hay muchos interesados.

Políticos que, desde las altas esferas del poder, gustosamente están esperando la oportunidad para intervenir o condicionar su autonomía.

Nadie puede negar que la universidad pública sigue siendo uno de los pocos espacios del país donde la pluralidad sigue siendo posible. No sólo es un semillero de profesionales: en ella se fomenta la difusión de ideas, el debate libre y la investigación crítica. En pocas palabras, la posibilidad de pensar un país distinto.

Por eso, este tipo de actos violentos la debilitan y buscan erosionarla. Tienen una intencionalidad muy clara: afectarla desde lo interno.

La serie de amenazas y el clima de miedo generado han puesto a prueba la capacidad de la UNAM para mantenerse segura y autónoma. Aunque tarde y teniendo como punto de partida un acto lamentable, qué bueno que la institución refuerce sus mecanismos de comunicación interna, sus protocolos de seguridad y su diálogo con las autoridades.

Pero ese diálogo debe darse sin ceder ante el ruido. De hacerlo, el costo no sería sólo académico o institucional: sería cultural y democrático. Porque cuando la UNAM se debilita, el país entero pierde una parte de su conciencia crítica.

Maestro en derechos humanos y democracia

Emilio Buendía